
Autoras: Celia Molina, Mª José Rodríguez y Esther Fernández
Actualmente, en la zona sur de la Ciudad de Buenos Aires, en los barrios de San Telmo y La Boca, perduran construcciones -algunas recicladas, otras transformadas en viviendas particulares- que entre fines del siglo XIX y principios del XX fueron los lugares de residencia de familias inmigrantes trabajadoras, en su mayoría italianas y españolas.
Los "conventillos", que así fueron llamados, eran viviendas de una o dos plantas, con habitaciones que rodeaban un patio central, abandonadas por sus propietarios para radicarse en el norte de la ciudad. Administradas por encargados, en nombre del propietario o propietaria regulaban a su arbitrio las condiciones de vida de aquellas familias, que ante el alto costo de los alquileres en el país de destino, tuvieron que vivir en estas casas de inquilinato.
Los conventillos escondieron historias individuales y colectivas, realidades oscuras muy distintas al ideal de auge y resplandor prometido por la "república oligárquica". También, y tal vez a causa de ello, en ese espacio se construyeron lazos solidarios, trazos y costumbres de fiesta y alegría, que están en el recuerdo de los descendientes de aquellos inmigrantes y que estos barrios recrean como resultado de su identidad fuertemente mestiza.
Origen y sucesos
La huelga de los inquilinos tuvo su origen en las pésimas condiciones de vida de los conventillos. Las rentas altas en relación a los jornales, las habitaciones con poca ventilación, -algunas no tenían ni siquiera ventanas- albergaban a familias de hasta diez personas. Las autoridades locales, municipales o nacionales, aún reconociendo el problema poco o nada hicieron por resolverlo, a pesar de su magnitud: el Censo de 1904 registraba en Buenos Aires 2.462 casas de inquilinato sin baños o con un único baño para todos sus habitantes.
Cada conventillo contaba con un reglamento interno que, entre otras condiciones, imponía frecuentemente la prohibición de lavar ropa, recibir huéspedes, tocar instrumentos musicales o mantener animales o niños en las habitaciones. El encargado se atribuía el derecho de inspeccionar las piezas a cualquier hora y cerrar la vivienda cuando se le ocurriera. Cualquier infracción servía como excusa para el desalojo.
Esta situación no fue aceptada pasivamente y en el año de 1907 se desató la mayor huelga de inquilinos en la historia de la Argentina: la "huelga de las escobas".
Protagonismo femenino
El gobierno de la ciudad anunció un aumento de los impuestos para el año siguiente. Los propietarios y arrendatarios de viviendas trasladaron el problema aumentando el monto de los alquileres. Los habitantes de un conventillo de la zona Sur se declararon en huelga, rehusando pagar. Rápidamente el conflicto ganó otras barriadas populares con tres consignas básicas: reducción de alquileres en un 30%, mejoras en las casas y garantía contra el desalojo. Pese a los juicios de desalojo, casi mil conventillos se adhirieron a la medida. La huelga de inquilinos, un movimiento netamente popular con fuerte protagonismo de inmigrantes, halló eco en todos los sectores sociales y políticos.Las mujeres fueron protagonistas, aún cuando por estos años su participación en la vida política o gremial no era frecuente: amenazaron a los propietarios con tirarles agua hirviendo y cumplieron esta amenaza sobre los militares y oficiales de justicia que acudían a notificar de los desalojos por falta de pago. Enfrentaron a la policía con palos y otros objetos y sumaron a niños y niñas en la movilización llevándolos de la mano y portando escobas como símbolo, ya que se trataba de barrer la injusticia.
Pioneros de este inusual movimiento de resistencia, uno de los más importantes en los comienzos de la centuria, fueron tres conventillos ubicados en la misma cuadra de la actual calle Ituzaingó (279 al 325) en los que residían aproximadamente 130 familias. La protesta se extendió a Barracas, San Telmo, Socorro y Balvanera: casi el 80% de los conventillos de la ciudad se adhirió al movimiento. Buena parte de la prensa apoyó a los huelguistas. En un inquilinato la intervención de la policía dejó un muerto y varios heridos. Al término de un mitin, avanzaron en manifestación hacia la Avenida produciéndose otro enfrentamiento sin víctimas para los huelguistas, con fuerzas de seguridad. (Jorge Páez)
El eco de la huelga fue tal que en otras ciudades argentinas del Gran Buenos Aires, Rosario, Bahía Blanca, Mar del Plata y La Plata los inquilinos reclamaron también rebajas de los alquileres.
En este conflicto, que afectó a unos dos mil inquilinatos, tuvieron activa participación inmigrantes españoles. Uno de ellos, desde la revista "P.B.T", aludió con humor e ironía a través de estos versos:
"Yo he vivido en Madriz, que fue mi cuna,
y tengo acostumbrás ya las costillas
a reposar de espaldas a la luna
en cualquier terraplén de las Vistillas.
Pues mire usté señor, no es que pretenda
tomarle a usté el cabello:
¡más cómodo es mil veces aquello
que el conventillo aquí, vulgo vivienda!".
Después de más de tres meses, el movimiento perdió empuje. En algunos casos se aceptaron las demandas y los inquilinos festejaron sus victorias ruidosamente. En otros casos se obtuvieron victorias parciales y algunos debieron admitir la derrota ante el costo de sostener el conflicto. Antes de fin de año los arrendatarios comenzaron a subir los alquileres al nivel anterior al conflicto.
Casi 100 años más tarde, los problemas habitacionales, aunque en dimensiones y magnitudes diferentes, persisten. Las idílicas imágenes del pasado próspero de la Argentina de principios de siglo, contrastan con lo que fue la vida real de muchos de sus habitantes y, en particular, de buena parte de las familias inmigrantes. Episodios y trayectorias de lucha como ésta, han dejado una marca en los movimientos de vecinos que hoy reivindican condiciones dignas de vida y de trabajo.