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Alfonso I, Rey de la Amazonia

Alfonso I, Rey de la Amazonía

Resumen del artículo de Álvaro Otero publicado en El País el 3 de diciembre de 2006

Alfonso Graña fue uno de tantos gallegos que emigraron en busca de fortuna, pero su historia es, literalmente, de película. Nació en la parroquia orensana de Amiudal, perteneciente al Ayuntamiento de Avión, célebre por ser la patria chica de acaudalados emigrantes como el magnate de la prensa mexicana Mario Vázquez Raña. Parece ser que emigró a América a finales del siglo XIX, recaló en Belén de Pará y posteriormente se trasladó a Iquitos donde está documentado que se encuentra en 1910 y trabaja en distintos oficios, incluido el de cauchero.

En Iquitos, próspera ciudad amazónica gracias a la industria del caucho, reside Alfonso Graña durante una década y traba profunda amistad con otro personaje de novela: Cesáreo Mosquera. Originario de una parroquia cercana a Amiudal, Mosquera era un ferviente republicano que había hecho la guerra en Filipinas antes de asentarse en la capital del departamento peruano de Loreto, donde había formado una familia y fundado la célebre librería Amigos del País, verdadero centro de reunión de la colonia española que acudía allí para enterarse de las últimas novedades de la patria y leer con fruición las novedades del Ya o El Sol.

Pero la prosperidad de Iquitos comienza a tambalearse con la caída de los precios del caucho natural en los mercados internacionales. Esta crisis se vuelve virulenta alrededor de 1920, y es entonces cuando Alfonso Graña se adentra río arriba en busca de nuevas oportunidades. Hay varias versiones sobre cómo acabó contactando con los jíbaros, pero muchas coinciden en que hubo un enfrentamiento con los indígenas durante el cual el hombre que le acompañaba murió y Graña se salvó de correr la misma suerte porque "se encaprichó con él la hija del jefe de la tribu", según uno de los testimonios recogidos por Fernández Sendín.

Lo cierto es que Graña desapareció en los confines de la selva sin que ni siquiera su gran amigo librero tuviera noticias de él, pero cuando vuelve a aparecer lo hace de forma espectacular. El periodista y escritor Víctor de la Serna, describió así el momento: "Al cabo de unos años se supo por unos indios jíbaros, de la tribu de los huambisas, que allá por la gigantesca grieta que el Amazonas abre en el Ande, hacia el Pongo de Manseriche, vivía y mandaba un hombre blanco. Graña era el rey de la Amazonia. Y entonces un día, hacia Iquitos, avanzó por el río una xangada con indios jíbaros, muchas mercancías (...) y Graña. Lo reconocieron sus amigos y, sobre todo, con doble alegría, Mosquera".
       
"Los indígenas lo adoraban y seguían a todas partes", cuenta el editor y escritor Gonzalo Allegue. "En la ciudad les curaba las úlceras de las piernas, les cortaba el pelo, les invitaba a helados y los llevaba al cine. Por las tardes, los huambisas se vestían de frac y sombrero de copa de los masones de la colonia española y salían a pasear en el Ford 18 descapotable cedido por Cesáreo Mosquera".

Más allá de estos divertimentos, Graña acudía a la ciudad para hacer negocios y después se iba. Nadie sabía dónde vivía exactamente, pero se movía sobre todo en el entorno del Pongo de Manseriche, el terrible rápido a 10 jornadas enteras de canoa, río arriba, desde Iquitos.

Su fama, con el transcurrir de los años, fue creciendo, y su autoridad sobre ese vasto territorio selvático se consolida con el tiempo y llega incluso a oídos de los hombres más poderosos del planeta. "Cuando en 1926 la Standard Oil [la petrolera propiedad de los Rockefeller] quiso explotar los supuestos pozos petrolíferos del alto Amazonas", relata Lois Pérez Leira, responsable de migración de la Confederación Intersindical Galega y otro precursor en las investigaciones sobre el personaje, "tuvo que pactar con Graña, y gracias a él pudo hacer los sondeos". Sólo Graña podía evitar que las tribus atacasen a los expedicionarios, sólo él podía proveerlos de víveres y, lo que es más importante, sólo él conocía dónde brotaba el petróleo de la tierra con la misma naturalidad que el agua de una fuente.

En 1933 un avión de combate de las Fuerzas Aéreas peruanas que participaba en la guerra entre Perú y Colombia se estrella en plena selva. Fallece el piloto, y el mecánico queda malherido. Los indios, comandados por Graña, localizan los restos del aparato y salvan la vida del herido cuidando de él toda la noche. Fue entonces cuando Graña toma una decisión con la que alcanzaría una fama imperecedera. Embalsama el cadáver con la ayuda de los indígenas, ordena recoger los restos del hidroavión y los embarca junto al ataúd en una balsa. En otra, monta un segundo avión de la misma cuadrilla que había sufrido desperfectos tras el amerizaje de emergencia, aunque sin víctimas. Y con esa frágil flota se dispone a hacer lo que parecía imposible: cruzar el Pongo de Manseriche.
El caso es que logra su objetivo, y más de una semana después llega a Iquitos, donde le recibe una multitud impresionada ante la valentía de ese hombre que se había jugado la vida para entregar el cadáver a la familia del piloto. Una familia de gran alcurnia que, agradecida, contribuyó sin duda a que poco después el Gobierno peruano reconociese oficialmente la soberanía de Alfonso Graña sobre el territorio jíbaro y la explotación de sus salinas. Alfonso I, Rey de la Amazonia había dejado de ser el apodo acuñado por Víctor de la Serna para convertirse en una realidad.

Alfonso Graña no pudo disfrutar mucho de su gloria. El misterio de la causa y el momento de su muerte se mantendría hasta que Maximino Fernández localizó una carta firmada por Luis Mairata, un español residente en Iquitos, y enviada al capitán Iglesias Brage en diciembre de 1934: "Le supongo enterado de que el pobre Graña murió el mes pasado", dice, "cuando se dirigía a su fundo del Marañón. El pobre padecía cáncer de estómago y no tuvo remedio". Murió en plena selva, y nunca se localizó su cadáver. De la Serna le dedicó en enero de 1935, en el periódico Ya, un inspirado obituario:

"Detrás de su alma en tránsito", escribió; "detrás de su alma simple, como la de una criatura elemental, la selva se habrá cerrado en uno de esos estremecimientos indecibles del cosmos vegetal".

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Fotografías:


artefinal studio