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Uno de los rasgos que definieron a los emigrantes españoles en ultramar fue su capacidad para organizarse. El asociacionismo entre los emigrantes fue un hecho constatado en la mayoría de los países de inmigración, tanto en Latinoamérica como en los Estados Unidos de Norteamérica. Se trató, en cualquier caso, de un fenómeno no estrictamente ligado a factores sociolingüísticos. El caso español puede ser paradigmático, debido, en gran medida a su complejidad y la amplia variedad de finalidades que impulsaron la creación de las asociaciones, desde las estrictamente benéficas hasta las de recreo, pasando por las de carácter mutualista, las dedicadas a la instrucción, la protección de sus asociados o el fomento de la cultura. (Texto de José Antonio Pérez)

El objetivo común del asociacionismo emigrante fue el de favorecer las relaciones personales entre individuos de un mismo grupo étnico, nacional, regional o local. Como ha apuntado Consuelo Naranjo, una especialista en el tema: "Estas asociaciones actuaron de amortiguador del choque cultural a la llegada del individuo al posibilitar su incorporación-adaptación al nuevo país. Ellas proporcionaron al recién llegado la seguridad frente a un medio desconocido, le cubrían las necesidades activas, económicas y culturales en un primer momento". Se trató, sobre todo, de un fenómeno urbano, ya que en las ciudades se localizaban los espacios de sociabilidad por excelencia: cafés, tabernas, restaurantes, billares, salones recreativos, boleras, iglesias, es decir, los "espacios informales de relación social", que constituirían en muchos casos espacios de encuentro e intercambio de experiencias personales y comunitarias, unos espacios, además, que jugarían un papel determinante en la configuración y transmisión de determinadas identidades comunitarias.

 

En el desarrollo del asociacionismo también intervinieron las características de los propios emigrantes, como aquéllas que fueron canalizadas a través de las primeras oleadas. El efecto llamada fue, en este sentido, determinante. Los españoles más arriesgados, los que emprendieron más tempranamente la aventura vital de la emigración a un nuevo país, transmitieron a los recién llegados sus conductas, generando en las diferentes oleadas una relación endogámica que favoreció su agrupamiento y participación en las asociaciones creadas con anterioridad por sus protectores. Pero, además, el asociacionismo cumplió con otras muchas funciones, como la de dar cauce de participación social a amplios colectivos que en algunos casos, como en el de Argentina, vieron limitada su participación en la política.

Las primeras asociaciones de emigrantes tuvieron una función asistencial que trató de paliar, en la medida de lo posible, la falta de infraestructuras sociales en los países de acogida para los recién llegados. Aquellos primeros emprendedores que llegados de España obtuvieron el éxito económico en tierras americanas trataron de reafirmar su posición dentro de la nueva sociedad. Con este fin, y para evitar posibles alteraciones provocadas por aquéllos que no tuvieron tanta suerte, contribuyeron a la creación de sociedades de beneficencia. En México surgieron las primeras de estas sociedades promovidas por el Cónsul Francisco Preto Neto en Tampico en 1840, la Sociedad de Beneficencia de Tampico y en 1942, la Sociedad de Beneficencia Española de México, D.F. Socorrían a los necesitados, daban sepultura a los pobres y facilitaban la colocación de los recién llegados. La primera asociación de Cuba data de 1841 y fue la Sociedad de Beneficencia Naturales de Cataluña en La Habana, impulsada por acaudalados emigrantes. En Argentina se crearon la Sociedad. Española de Beneficencia y la Asociación Patriótica Española, ambas en Buenos Aires en 1852, y luego las Sociedades de Beneficencia de Cañuelas, Córdoba, Porteña (Córdoba), Mendoza, Rosario, etc.

 

Al margen de estos países se crearon otras. En Perú, en 1883 se fundó la Sociedad de Beneficencia el Callao y la Beneficencia Española de Lima. Más tarde en Brasil las Sociedades Españolas de Beneficencia de Río de Janeiro y Bahía, El refugio Español Desvalido de Río de Janeiro, La Caja de Socorros Mutuos de las Damas de Sao Paulo, etc. y otra serie de sociedades en EEUU y Costa Rica.

En Cuba fue bastante tardía su creación; concretamente a partir de la década de los años 70 y se organizaron por colectivos regionales, un modelo que luego adoptaron las casas y centros regionales. Muchas de ellas se dedicaban a las obras de caridad. Algunas fueron ampliando sus funciones, construyendo panteones, hospitales, asilos, trasformándose en sociedades de tipo mutual, proporcionando asistencia médica, hospitalaria y farmacéutica, pensiones, entierros, repatriaciones, protección a mujeres españolas, a los hijos y a los huérfanos.

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